La guía que nos acompañaba en la zodiac estaba casi llorando de la emoción. Detrás nuestro, la isla de Pico, en las Azores. Al frente, en algún lugar del inmenso Atlántico, acababa de aparecer una ballena azul.
Habíamos salido desde Lajes do Pico para hacer una excursión de avistaje de ballenas, una de las actividades más populares que hacer en Azores. Ya habíamos tenido la suerte de encontrarnos con cachalotes, delfines comunes e incluso tortugas marinas. Pero ver una ballena azul era otra cosa. Cuesta dimensionar el tamaño de un animal así hasta que lo tenés enfrente, especialmente cuando lo ves desde una pequeña embarcación que, de repente, parece todavía más insignificante.
La emoción de nuestra guía era contagiosa. Para alguien acostumbrado a navegar estas aguas y observar animales marinos, aquel encuentro seguía siendo extraordinario. Y nosotros, que estábamos viendo algo así por primera vez, apenas podíamos creerlo.
Fue, sin dudas, el momento más impresionante de nuestro viaje por las Azores. Y también una buena manera de entender qué tiene de especial Pico, una isla donde el Atlántico, los volcanes y el impredecible clima siguen marcando el ritmo de la vida cotidiana.

De São Miguel a Pico: un Atlántico diferente
Llegamos a Pico después de pasar cuatro días recorriendo São Miguel, la isla más grande y poblada de las Azores.
El vuelo duró unos 40 minutos, a bordo de un pequeño avión propulsado a hélice. Era mi primera vez volando en uno de esos aparatos, que son habituales en las conexiones entre islas. Pagamos alrededor de EUR 90 por persona, con equipaje.
Aunque existen conexiones marítimas entre distintas islas, desde São Miguel, bastante alejada del grupo central del archipiélago, volar es ser la mejor opción. Pico forma parte del grupo central de las Azores, junto con Faial, São Jorge, Terceira y Graciosa. Algunas están tan cerca entre sí que se pueden ver perfectamente desde la costa, siempre que las nubes lo permitan.
En Pico hay menos pueblos, menos movimiento, menos vehículos en las rutas y una sensación de aislamiento mucho más marcada. Ya de por sí lleva un minuto salir al estacionamiento del aeropuerto después de recoger el equipaje, y al salir del aeropuerto no hay ni autopistas, ni fábricas, ni rotondas ni tráfico apresurado. Al igual que en São Miguel, alquilamos un auto directamente en el aeropuerto, algo que recomiendo para recorrer la isla con libertad, y nos dirigimos hacia Prainha, en la costa norte.

Una casa frente al Atlántico y la sensación de querer quedarse
Prainha es uno de esos pueblos que yo imaginaba al pensar en en una pequeña localidad en medio del océano. Casas bajas, muchas construidas en piedra volcánica, fachadas blancas, marcos de ventanas coloridos y calles donde parece que nunca pasa demasiado.
Nos alojamos en una casa construida por una pareja de alemanes que había decidido establecerse en la isla, tras haber quedado enamorados de ella. Un sitio simple, rodeado de vegetación, con una ventana entre el follaje que nos deleitaba con los colores del cielo y el mar cada mañana.


Todavía recuerdo los amaneceres desde aquella casa. Eran momentos en los que daba gusto no tener absolutamente nada que hacer, y la sensación inevitable de querer quedarse a vivir una temporada. Quizás lo que más me gustó de alojarnos allí fue precisamente esa sensación de estar viviendo, aunque fuera temporalmente, en otro lugar y a otro ritmo. Mañanas soleadas, desayunando en el jardín, leyendo mapas para definir adónde ir.
En Prainha no hay mucho, pero terminó siendo una excelente base para nuestra semana en Pico. Estratégicamente ubicada en el centro de la isla, sobre su costa norte. Desde allí podíamos recorrer la isla en auto, visitar las piscinas naturales, recorrer los senderos de la costa norte y simplemente disfrutar de la tranquilidad del lugar.
En Pico no hay grandes centros urbanos y la oferta de alojamientos está distribuida por toda la isla. Al igual que en São Miguel, la recomendación es buscar un sitio con fácil acceso a la ruta principal para evitarse momentos estresantes maniobrando en estrechos y empinados caminos.
Subida al volcán Pico
Uno de nuestros grandes objetivos al viajar a esta isla era subir a la montaña de Pico, un volcán de 2351 metros de altura que constituye el punto más elevado de Portugal. Desde prácticamente cualquier lugar de la isla y las aledañas, cuando las nubes lo permiten, su silueta domina el paisaje.
La subida requiere cierta planificación. El acceso está regulado y es necesario reservar con anticipación a través de la web oficial de la Montaña de Pico. Al ingresar al área protegida, la administración verificará que cada visitante cuente con calzado apropiado para escalar (no zapatillas deportivas), abrigo y ropa impermeable, y al menos 1,5 litros de agua cada uno.
Al momento de publicación de este post, el ascenso por libre cuesta EUR 25 por persona. Esta tarifa cubre el acceso al área protegida, la provisión de brazaletes con GPS que trackean tu ubicación y te permitirán enviar una señal de ayuda en caso de emergencia. Todas las indicaciones de seguridad te las dan al ingresar al área. También se puede contratar un guía de montaña para que te acompañe.
La caminata comienza en la Casa da Montanha, aproximadamente a 1200 metros de altitud. Desde allí hay que superar más de 1100 metros de desnivel hasta alcanzar la cima, siguiendo referencias visuales dadas por 47 postes ubicados entre las rocas. No hay un sendero marcado más allá de esto.
¡Y sí que se sienten los kilómetros hasta la cima! El recorrido es una subida constante entre rocas volcánicas, piedras sueltas y tramos bastante empinados. En nuestro caso, tardamos alrededor de cuatro horas solamente en subir.

Durante el primer tramo tuvimos unas vistas espectaculares del océano y de las islas vecinas de Faial y São Jorge. Después entramos literalmente en las nubes y ahí se terminó el paisaje. La visibilidad cambió por completo, apareció la humedad y el frío empezó a hacerse sentir. A medida que avanzábamos, me preguntaba cada vez con más insistencia por qué me había parecido tan buena idea subir hasta allá arriba.
Hoy, desde la comodidad de mi casa, recomiendo muchísimo la experiencia. Durante el ascenso, mi entusiasmo era bastante más discutible, claro. Aunque al llegar al enorme cráter del volcán todo parecía haber valido la pena, incluso entre el sudor y el dolor de piernas.

Pero el cráter no era la cima. En su interior se eleva el Piquinho, un pequeño cono volcánico que constituye la verdadera cima de Portugal. Para alcanzarlo hay que trepar por las rocas utilizando las manos y los pies, en un tramo corto pero exigente.
Cerca de la cima se percibe el olor a azufre que emana de algunas zonas de actividad fumarólica, un recordatorio del origen volcánico de la montaña y el archipiélago.
Finalmente llegamos a la cima, donde otra decena de aventureros celebró nuestra llegada, y desde donde celebraríamos la de aquellos que nos seguían. Desconocidos totales unidos por el desafío al que el Pico nos había sometido… o, más bien, al que nos habíamos sometido voluntariamente.
¿Las vistas? Bueno, digamos que las nubes tenían otros planes. No pudimos disfrutar del panorama que aparece en las fotografías de los sitios de turismo, con todas las islas del grupo central de las Azores emergiendo del Atlántico. Pero estar sobre un mar de nubes, después de semejante esfuerzo, fue una sensación difícil de comparar con cualquier otra.
La bajada, como te podrás imaginar, no fue más sencilla. De hecho, me animo a decir que se hizo sentir más que la subida. Ni hablar del momento en que tocó cruzar las nubes otra vez, y la visibilidad se redujo a unos pocos metros.
Dedicamos prácticamente todo el día a esta aventura, y fue una de las experiencias más intensas de nuestro viaje.
¿Vale la pena subir al Pico? Absolutamente, siempre que tengas una condición física adecuada y estés preparado para una caminata de montaña exigente. Eso sí, el buen tiempo nunca está garantizado. Podés llegar a la cima y no ver prácticamente nada, como nos pasó a nosotros. O podés empezar bajo un cielo gris y lluvioso y terminar con un cielo pristino.

Piscinas naturales, peces y ballenas
El resto de la semana transcurrió entre recorridos en auto, caminatas, pequeños pueblos y varias piscinas naturales formadas entre las rocas volcánicas de la costa.
Como ya habíamos descubierto en São Miguel, las Azores son un destino fantástico para hacer snorkel. Pero en Pico la experiencia me gustó todavía más. Había menos gente, una tranquilidad increíble y aguas transparentes con peces de colores nadando entre las formaciones volcánicas. El contraste entre la piedra negra y el azul intenso del océano es una de las imágenes que más me quedaron de la isla.
Mis favoritas fueron las piscinas naturales de São Roque do Pico y las de Pocinho. En las ambas tienen instalaciones con baños, café, y conexión a internet gratis.

Ver ballenas en Pico: una experiencia imperdible
La isla tiene una relación muy particular con las ballenas. Durante mucho tiempo, la caza de cetáceos fue una actividad económica importante en las Azores. Hoy, esa tradición marítima se transformó en una industria de observación de ballenas y delfines, que además permite conocer mejor los animales que habitan o atraviesan estas aguas. Gran porción de las aguas azoreanas se tiene caracter de reserva natural protegida.
Nosotros hicimos la excursión desde Lajes do Pico, un pueblo precioso de calles empedradas, casas bajas y muchas flores, ubicado en la costa sur. Navegamos en un zodiac, una de esas embarcaciones pequeñas que hacen que la experiencia sea bastante cercana al agua.
Tuvimos la suerte de observar cachalotes, que pueden encontrarse durante todo el año en las Azores, y grupos de delfines comunes. También tortugas marinas. La guía nos contó sobre los largos desplazamientos que realizan algunas de estas especies por el Atlántico, conectando las aguas de Norteamérica con las Azores. Especies residentes, como los cachalotes y delfines comunes, se pueden ver todo el año. Otras pasan por las islas en determinados meses.
El momento más increíble fue aquel inesperado encuentro con la ballena azul. No sabíamos lo que nos esperaba. Ver al animal más grande que existe en la Tierra desplazándose tan cerca de nuestra pequeña embarcación fue verdaderamente conmovedor. Uno conoce las dimensiones de una ballena azul por documentales y fotos, sabe que puede superar los veinte metros de longitud. Pero ninguna de esas referencias termina de prepararte para verla en su hábitat natural. Recuerdo especialmente la reacción de nuestra guía, que estaba tanto o más emocionada que nosotros. Me emocioné hasta las lágrimas. No exagero. Para mí fue el mejor recuerdo de Pico, incluso por encima del ascenso al volcán.
Si estás organizando un viaje a las Azores, recomiendo muchísimo reservar al menos una excursión de avistaje de ballenas. Los costos varían dependiendo de la temporada y el tipo de excursión. En nuestro caso, unos EUR 60 por persona. La presencia de determinados animales nunca está garantizada, pero incluso sin encontrarte con una ballena azul, navegar por estas aguas y observar su biodiversidad es una experiencia que vale la pena.
Podés consultar las excursiones disponibles a continuación:
Quesos y vinos de Pico
La isla de Pico tiene otro paisaje que también merece ser descubierto, uno distinto al azul del mar y al negro de las piedras.
En el interior de la isla encontramos caminos rurales, campos verdes, algunas lagunas y muchísimas vacas, que son prácticamente las protagonistas de Pico. Aparecen pastando junto a las rutas, en las laderas de las montañas y, ocasionalmente, en medio del camino por donde uno intenta circular. Como casi toda isla del archipiélago, Pico produce sus propios quesos regionales. En contraste con el de la vecina San Jorge, que es más picante y fuerte, el queso de Pico resulta más suave y cremoso. Fue mi favorito.
Uno de nuestros recorridos nos llevó hacia la zona central de la isla, donde se encuentra la Lagoa do Capitão, rodeada de pastizales y con vistas a la montaña de Pico cuando el tiempo acompaña. La zona es el punto de inicio de una de las rutas de senderismo más lindas de la isla, con vistas a las islas vecinas, a la montaña Pico, y con distintos bosques autóctonos.
Pero Pico tiene otra particularidad que me sorprendió: sus viñedos. A primera vista, el terreno de piedra volcánica y la exposición constante a los vientos del Atlántico no parecen las condiciones ideales para cultivar uvas. Sin embargo, los habitantes de la isla desarrollaron durante siglos una técnica que consiste en construir pequeños recintos de piedra basáltica, conocidos como currais, para proteger las plantas del viento y del agua salada.
El resultado es un paisaje extraordinario, formado por miles de pequeñas parcelas delimitadas por muros negros. La importancia cultural de estos viñedos es tal que parte de este paisaje fue declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2004.



Visitamos el Museu do Vinho, en Madalena, donde aprendimos un poco más sobre esta tradición y sobre cómo los habitantes de Pico consiguieron adaptar la agricultura a un entorno que, a primera vista, parecía bastante poco hospitalario. Ahí aprendí que Pico consolidó su economía en base a la exportación del vino, mucho antes de que el turismo fuese una industria lucrativa.
Por supuesto, también hubo tiempo para disfrutar de la gastronomía de las islas, especialmente los quesos y los mariscos. Mi recomendación es Tasca, un pequeño restaurante tradicional en Prainha. Ahí, la clave está en los petiscos (la versión portuguesa de las tapas españolas). Todo era tan fresco y delicioso que casi no llegamos al plato principal.

Escapada a Faial: Horta y los viajeros del Atlántico
Desde Madalena tomamos un ferry hacia Horta, la principal ciudad de la vecina isla de Faial, que se encuentra justo enfrente.
El viaje es corto, pero al llegar se percibe inmediatamente que Horta tiene una personalidad bastante diferente a los pequeños pueblos de Pico. Sus calles, edificios y actividad portuaria reflejan una larga historia comercial y marítima. A diferencia de Pico, Faial poseía un puerto natural junto al cual se fundó Horta. El vino y otros productos de Pico se transportaban en pequeños barcos hasta esta ciudad, desde donde serían exportados al continente.
Durante siglos, Horta fue un puerto fundamental para las conexiones atlánticas. Imaginense que hasta Cristóbal Colón y su tripulación pasaron por las Azores al regresar de su primer viaje a América. Un augurio del rol que tomarían las islas en las rutas entre ambos continentes durante los siglos por venir. Hoy, Horta sigue siendo un lugar de encuentro para navegantes que cruzan el océano.

Las historias pintadas en el puerto de Horta
Uno de los lugares que más me gustó fue la marina de Horta. Las paredes y el suelo de la escollera están cubiertos por cientos de pinturas realizadas por las tripulaciones de barcos que hicieron escala allí. Hay banderas, nombres de embarcaciones, fechas y rutas de navegación que conectan Europa con el Caribe, Norteamérica, Sudamérica y África.
Me quedé un buen rato observando aquellas pinturas e imaginando las historias detrás de cada una. Me resultó fascinante pensar en las distancias que recorrieron esas embarcaciones, las semanas en altamar y la mezcla de aventura, incertidumbre y esfuerzo que debe implicar cruzar un océano.
Un día en Horta desde Pico alcanza para visitar la ciudad, incluido su famoso Peter Café Sport, un bar histórico vinculado a los navegantes que pasan por la isla de Faial. Sus paredes están llenas de recuerdos y objetos relacionados con la vida marítima, y es uno de esos lugares que parecen concentrar décadas de historias.
También se puede recorrer la antigua fábrica ballenera de Porto Pim, hoy convertida en museo, donde aprendimos más sobre la importancia que tuvo la industria ballenera en la historia económica de las Azores.
Terminamos haciendo una pequeña caminata por Monte Queimado, desde donde se pueden disfrutar lindas vistas de Horta, su puerto y los paisajes volcánicos de Faial, además de Pico, al otro lado del estrecho que las separa.
Horta me encantó. Tiene una escala perfectamente caminable, mucha historia y una relación con el Atlántico que está presente en prácticamente todos sus rincones. Si pasás varios días en Pico, recomiendo dedicarle al menos una jornada. Por su parte, esta es una de las islas más pequeñas del archipiélago, pero en Horta hay muchos hoteles y albergues que te permiten recorrer otros puntos de la isla (incluyendo el camino que permite hacer senderismo rodeado el cráter del volcán que formó la isla) si decidieses pasar un par de días en Faial.


Una semana en Pico: ¿cuántos días vale la pena?
Estuvimos siete días en Pico, una cantidad de tiempo que considero ideal si querés conocer la isla sin apurarte.
En cinco días probablemente se puedan recorrer sus principales atractivos, incluyendo la subida al volcán, alguna excursión de avistaje de ballenas, pueblos, piscinas naturales y senderismo.
Pero hay un detalle fundamental, que ya mencioné en mi post sobre São Miguel: el clima. Las condiciones meteorológicas pueden cambiar rápidamente y afectar las excursiones marítimas, los senderos y especialmente el ascenso al volcán. Por eso decidimos quedarnos una semana completa: para tener margen para reorganizar actividades en caso de mal tiempo y, además, disfrutar de algunos días sin demasiados planes. Fue una excelente decisión.
Pico tiene una infraestructura turística más reducida que São Miguel, pero eso forma parte de su encanto. Alquilando un auto se puede recorrer cómodamente toda la isla. La gracia es ir sin mucho plan, dejando que la Naturaleza escriba el guión.
Madalena es uno de sus principales centros de actividad, con supermercados, el museo del vino, y el puerto que conecta con Faial. São Roque do Pico, en la costa norte, también cuenta con conexiones marítimas, entre ellas con la isla de São Jorge y algunas de las mejores piscinas naturales de la isla. Y Lajes do Pico es especialmente interesante por su historia ballenera y las excursiones de observación de cetáceos.
Para nosotros, alojarnos en Refugio do Pico, en la zona de Prainha fue una muy buena elección por su tranquilidad y ubicación prácticamente en el centro de la isla. Lo recomiendo mucho. Y no, esto no es un post patrocinado; es tan solo que nuestros anfitriones, Silke y Tobias, se merecen la recomendación.


Pico y la posibilidad de vivir de otra manera
Hay algo de Pico que me recordó a ciertos viajes que hice por el interior de Argentina. Lugares donde la vida parece transcurrir según otras prioridades. Donde las distancias, el clima y las relaciones cotidianas tienen una importancia diferente a la que les damos en las grandes ciudades. Viviendo en Berlín, me acostumbré a cierto ritmo. Las noticias, las obligaciones, el trabajo, los horarios, el transporte, los problemas de todos los días. Es como en Buenos Aires u otra ciudad grande, donde todo parece reclamar atención inmediata. En Pico, en cambio, tenía la sensación de que las cosas funcionaban de otra manera. Algo parecido a lo que sentí años atrás en San Juan, Argentina, y que plasmé en mi Catarsis desde la Cuesta de Huaco.
Este sentimiento no debía a que la isla parezca desconectada del mundo. Las Azores ocupan una posición estratégica en medio del Atlántico, con rutas marítimas, aéreas y hasta instalaciones militares europeas y estadounidenses que recuerdan su importancia geopolítica. Lo que ocurre en Europa, en Medio Oriente o en cualquier otra parte del planeta también tiene consecuencias allí. Pero sentía que esas noticias no tenían el mismo protagonismo en la vida cotidiana.
En Pico, la lluvia puede obligarte a cambiar completamente los planes. El estado del mar determina si una embarcación puede salir. Las nubes deciden si vas a disfrutar de las vistas desde una montaña después de cuatro horas de esfuerzo o si tu vuelo partirá sin problemas. La visita de los barcos cargueros influye en qué se consigue en los supermercados y qué no. Los vientos pueden generar apagones y las tormentas interrumpen las comunicaciones y el internet.
Y mientras tanto, las vacas siguen pastando, las olas golpean las rocas y alguien sale a pescar en el Atlántico a pesar de lo frágil que es todo. Las curvas en el camino te obligan a ir lento, las flores te obligan a detenerte y sentir su aroma, las lagartijas correteando por doquier te obligan a maravillarte con su agilidad como si quisiesen jugar a las escondidas, y todo parece estar ahí a propósito, no para distraerte mas para cautivarte.


Obviamente, vivir en una isla pequeña también debe tener sus dificultades. La distancia con el continente, el acceso a determinados bienes y servicios, las oportunidades de trabajo o simplemente el aislamiento pueden ser aspectos mucho menos románticos cuando uno deja de ser turista. No sé si podría acostumbrarme a vivir permanentemente en un lugar así. Pero pasar una semana en Pico me hizo pensar en lo diferente que puede ser la vida según el lugar donde uno decide establecerse. Y en lo fácil que resulta confundir el ritmo frenético de una gran ciudad con la única manera posible de vivir.
Quizás por eso disfruté tanto de aquellos amaneceres desde nuestra casa en Prainha, cuando el cielo comenzaba a iluminarse sobre el océano y todavía no había absolutamente nada que resolver. Cuando las noticias de drones rusos en aeropuertos alemanes y el reposicionamiento de aviones militares desde Europa en dirección a Medio Oriente no implicaban vivir en un mínimo estado de alerta constante. Cuando el mundo parecía ser tan pequeño como la isla, también lo parecían los problemas laborales que me quitan el sueño en Alemania.
Pico me recordó lo importante que es, de vez en cuando, bajar las revoluciones.
Si tengo que recomendar qué islas visitar en un viaje a las Azores, Pico encabezaría la lista. Por sus paisajes volcánicos, sus pueblos, sus piscinas naturales, su historia y, sobre todo, por la posibilidad de encontrarse con animales extraordinarios en medio del Atlántico. Pero también por los pensamientos que la isla te hace poner en primer plano. Invitándote a ver las cosas desde otra perspectiva.


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