La primera vez que caminé por las calles de Estrasburgo tuve una sensación extraña. No sentía que estuviera realmente en Francia. Tampoco en Alemania. Era algo intermedio. Como argentino viviendo en Berlín desde hace varios años, uno termina desarrollando una especie de radar para detectar ciertas cosas. La forma en que funcionan las ciudades. Cómo se relaciona la gente. El ritmo de la vida cotidiana. Lo que se valora y lo que se tolera. Y Alsacia parecía desafiar todas esas categorías.
Históricamente tiene sentido. Durante siglos la región pasó de manos francesas a alemanas y viceversa. Al mejor estilo europeo: esta historia es demasiado larga y complicada para explicar en uno o dos párrafos, pero ustedes entienden el punto. En cuanto a esta compleja historia, una cosa es leerlo en un libro o en Wikipedia, y otra muy distinta caminar por una ciudad donde las fronteras culturales parecen haberse mezclado hasta volverse inseparables.
Colmar, y en particular Estrasburgo, me dieron la impresión de ser demasiado alemanas para los franceses y demasiado francesas para los alemanes. Quizás por eso me gustaron tanto.
Lo primero que me llamó la atención fue la arquitectura. Las fachadas de entramado de madera, los tejados inclinados y las plazas perfectamente conservadas me recordaban constantemente al sur de Alemania. Muchas veces parecía estar recorriendo algún pueblo de Baden-Württemberg o Rheinland-Pfalz en lugar de una ciudad francesa. Sin emabrgo, también aparecen esos palacios de piedra arenosa, de leve color crema, que tan fácilmente asociamos a París.
Las calles tienen su nombre en francés, claro, pero también en alsaciano. El alsaciano podría definirse como un alemán afrancesado. Las boulangeries ofrecen tanto croissants como brezels. Los restaurantes presumen de sus «tartes flambées», que no son más que un típico Flammkuchen. Y las cervecerías presumen de tener mejor cerveza que sus vecinos alemanes, aunque a fin de cuentas la mejor cerveza en Europa la hacen en Bélgica.


Pero había algo diferente, una ligereza difícil de explicar. La misma prolijidad que encuentro en Alemania estaba presente, pero sin sentirse tan rígida o estricta (como solemos sentirla los latinos, especialmente en el sur del país). Las ciudades estaban ordenadas, limpias y bien mantenidas, pero también parecían más relajadas consigo mismas. Es como si nadie estuviera intentando demostrar que todo funciona perfectamente. En Colmar esa sensación fue todavía más intensa.
Hay lugares que parecen diseñados para ser fotografiados. Colmar, en cambio, parece diseñada para existir dentro de un cuento. Se siente como la escenografía de una película de Disney («La Bella y La Bestia», para ser precisos), pero también se siente auténtica y real. Durante varios momentos tuve la sensación de estar caminando por un set de cine, o una de esas recreaciones del mundo que tiene Epcot, en Disney World. Las casas de colores reflejadas sobre los canales, las flores colgando de los balcones, las calles adoquinadas perfectamente conservadas. Y sí, uno puede decir que esto es porque Colmar es una ciudad pequeña, pero la misma sensación aplica a Estrasburgo, la ciudad más importante de la región (y vale aclarar que en ella también se ven los problemas típicos de una ciudad grande: pobreza, por ejemplo).


Desde el primer momento, todo resultaba tan estéticamente perfecto que por momentos parecía artificial. Y sin embargo no lo es. Es una especie de fantasía habitada.
Mientras recorría la región entendí algo que me costaba explicar. Hay muchas cosas de Alemania que me gustan profundamente. Por nombrar algunos ejemplos: la infraestructura, las ciclovías, la sensación de que las cosas fueron pensadas antes de construirse, la arquitectura tradicional de ciertas regiones. Incluso gran parte de la gastronomía del sur alemán. Pero también hay aspectos que nunca terminaron de convencerme del todo. Ahí me refiero, por ejemplo, a la comunicación extremadamente directa, cierta frialdad cotidiana, y una hospitalidad que muchas veces puede sentirse funcional más que cálida.


En Alsacia encontré una versión diferente de ese equilibrio. Seguía viendo el orden alemán. Seguía viendo la estructura alemana. Seguía viendo la influencia alemana. Pero diluida por una cultura que parece darle más espacio al disfrute, a la gastronomía, a las terrazas llenas de gente sentada sin apuro. Es casi como si Francia hubiera tomado la base alemana y le hubiera agregado un poco más de suavidad, algo más cercano a lo «latino».
Quizás por eso me resultó tan fácil imaginarme viviendo allí una temporada. No necesariamente para quedarme para siempre pero sí para pasar unos meses trabajando remoto o escribiendo.
Puedo imaginar perfectamente una rutina sencilla: trabajar durante la mañana desde un apartamento en Estrasburgo, salir después en bicicleta, seguir alguna de las ciclovías que atraviesan parques y canales junto al moderno complejo donde el Parlamento Europeo tiene su sede, escaparme hacia los pueblos de los alrededores o acercarme a las montañas cuando necesite cambiar de paisaje.


Hay ciudades que impresionan, otras que entretienen, y hay ciudades que uno puede imaginar habitando. Estrasburgo y, en menor medida, Colmar me produjeron exactamente eso.
Es muy común romantizar Alsacia por lo estético, pero a mí no me enamoró por la belleza, sino porque sentí que representaba una versión posible de la vida cotidiana. Una mezcla improbable entre dos países que históricamente pasaron siglos intentando diferenciarse, compitiendo, y escalando en conflictos a los que nadie quiere volver. Pero Estrasburgo, y Alsacia en general, con su orgullo regional (que, dicho sea de paso, es un regionalismo tan orgulloso como humilde que no deviene en movimientos independentistas ni mucho menos) demuestran que el éxito de Europa solo es posible en unión.

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