fin de semana en gdansk

Fin de semana en Gdansk, la ciudad más subestimada del Báltico

Cuando uno piensa en Polonia, casi siempre aparecen las mismas imágenes: Cracovia, Varsovia o quizá el campo de concentración de Auschwitz. Gdansk suele quedar un poco al margen. Es que uno no piensa en Polonia cuando planea una escapada al mar. El Báltico es frío, ventoso, y puede hasta ser complejo llegar a él desde Europa Occidental… legado del estado de la infraestructura y falta de conectividad de los tiempos de la Cortina de Hierro que aún hacen ecos. Sin embargo, Gdansk resultó ser una humilde joya que me hace pensar que Polonia realmente tiene una de las ciudades más lindas del norte europeo.

El viaje a Gdansk

Hay un tren directo entre Berlin y Gdansk que recorre 577 kilómetros en poco menos de 6 horas. Nos tocó hacer este tramo en plena ola de calor, pero con la fortuna de tener un tren que contaba con aire acondicionado.

La opción más común para llegar a Gdansk en tren es hacerlo vía Poznan o Varsovia, o en ferry desde Dinamarca o Suecia. Gdansk también cuenta con un aeropuerto que la conecta con algunas de las principales ciudades del continente, mayormente en vuelos de temporada.

El trayecto en tren transcurrió sin demoras ni problemas considerables. Al igual que ya había experimentado en República Checa, Hungría y Eslovaquia, la constante de los trenes en Europa del Este pareciera ser el uso del compartimento para seis personas en que las dos hileras de tres asientos enfrentados te brindan la incómoda experiencia de evitar contacto visual con completos extraños por varias horas. El contacto visual excesivo es parte del shock cultural al que, como latino viviendo en Europa, aún no me acostumbro incluso tras cinco años acá.

Paiasajísticamente, el viaje no es gran cosa. Polonia es, en su mayor parte, plana y rural. Las vistas más impresionantes del país están al sur, en la fronteca polaco-eslovaca. El centro y norte del país brinda un paisaje constante: se pasan pueblos rurales, estaciones que han visto mejores tiempos, y alguna que otra ciudad de nombre impronunciable que sorprende con alguna enorme iglesia o moderno rascacielos.

Primeras impresiones de Gdansk

Llegamos cuando empezaba a anochecer y la ciudad comenzaba a iluminarse con luces cálidas que resaltan los detalles de sus antiguos edificios.

Lo primero que sorprende es que Gdansk resulta familiar. Tiene algo de Ámsterdam, algo de las ciudades medievales de República Checa y también me recordó bastante a Rostock, en Alemania. Esa arquitectura hanseática de ladrillo, las fachadas estrechas y coloridas, las calles empedradas y los edificios altos hacen que caminar por el centro sea un placer. La ciudad está impoluta, ordenada, y tranquila.

El ambiente casi romántico de la ciudad vieja, rodeada de canales y para nada corta de monumentos, plazas, fuentes e iglesias, contrasta con la imagen de grupos de turistas (principalmente ingleses, alemanes y escandinavos) en un claro viaje de fiesta donde el alcohol barato pareciera ser el principal atractivo de este destino. A esto se le suman las algo invasivas interrupciones de promotores de clubes de striptease publicitando «mujeres hermosas y tragos baratos» a cuanto hombre encontraran caminando por el casco histórico. A las comparaciones elegantes con otras ciudades hanseáticas ahora le agregué una con Mallorca, donde el turismo de fiesta termina ocupando demasiado espacio.

Por suerte alcanza con alejarse un poco de las calles principales de la ciudad histórica para volver a la tranquilidad de los canales y callejones empedrados de Gdansk. Caminando se nota que la ciudad busca estar en constante contacto con su historia, pero dispuesta a modernizarse. Incluso los edificios más reicentes incorporan características arquitectónicas que evocan las tradiciones hanseáticas de fachadas angostas y coloridas. Música en vivo acompaña el paseo, y pareciera haber algo que disfrutar hasta largas horas de la noche: ya sea un artista callejero, un mercado artesanal, o unos tragos junto al agua.

Gdansk y su relación con Polonia

Durante el día, Gdansk es un museo a cielo abierto. Aunque buena parte de la ciudad fue reconstruida después de la Segunda Guerra Mundial, eso no le quita encanto. Saber lo que ocurrió allí hace que uno la mire con otros ojos. Es que en Polonia pasa algo parecido a lo que ocurre en Alemania cuando de enfrentarse a la historia del siglo XX se trata: se nota un orgullo en la resiliencia y el hecho de haber resurgido de las cenizas. Aunque, en contraste con Alemania, en Polonia ese orgullo no es humilde ni silencioso.

Por eso, si hay un lugar que recomendaría sin dudar, es el Museo de la Segunda Guerra Mundial. Es de esos museos que no buscan solamente informarte sino también incomodarte. Hay momentos en los que uno siente un verdadero cachetazo emocional. Salís entendiendo un poco mejor por qué esta ciudad ocupa un lugar tan importante en la historia europea. Lo mejor del museo, en mi opinión, es la reconstrucción de escenarios bélicos a escala real.

Gdansk no siempre fue parte de Polonia. Conocida en su historia como Danzig, emergió en la Edad Media como un importante puerto de la Liga Hanseática. Así como Hamburgo o Bremen, fue una ciudad libre con alto grado de autonomía, gestionada bajo leyes propias y con una economía orientada al libre comercio. Su posición estratégica entre el Mar Báltico y los territorios polacos le otorgó un papel central en las rutas comerciales del norte de Europa.

Con las guerras y las fluctuaciones políticas de la región, la ciudad fue incorporada por Prusia a finales del siglo XVIII. En consecuencia, pasó a ser parte del Imperio Alemán hasta que el Tratado de Versalles obligó a los alemanes a ceder territorios tras la Primera Guerra Mundia. Así, Danzig recobró su autonomía pero con estrechos lazos a Polonia. La ciudad volvería a ser tomada por los alemanes tras la ocupación de Polonia por parte de la Alemania nazi, y regresaría a Polonia una vez finalizada la guerra.

Así como había visto en Cracovia, el marcado nacionalismo polaco se hace notar en cada calle, mural, museo, y monumento. La historia de Polonia es la de un país desmembrado por sus vecinos y vuelto a ensamblar varias veces, y ellos se aseguran de que el visitante se vaya entendiendo qué pasó.

mural nacionalista gdansk polonia
Murales nacionalistas

Panorámicas y ámbar del Báltico

Los edificios más altos de Gdansk son sus iglesias. Hay una alta concentración de iglesias en el casco histórico de la ciudad, y merecen una visita.

Primero hay que visitar la Basílica de Santa María de Gdansk. Se trata de un templo enorme, de más de 500 años de antigüedad, de ladrillo oscuro por fuera pero con un interior claro, blanco y luminoso en su interior. Su principal atractivo es su reloj astronómico, pero lo mejor es subir a la torre para admirar las vistas de Gdansk desde lo alto. El esfuerzo de llegar al último de los 409 escalones valió doble considerando la temperatura, y valió absolutamente la pena.

vistas desde la Basílica de Santa María de Gdansk
Panorámicas desde la Basílica

La iglesia de Santa Brígida es otra que merece una visita. Su famoso altar de ámbar parece casi irreal. Nunca había visto semejante cantidad de este material trabajado con ese nivel de detalle. En la costa báltica el ámbar forma parte de la identidad local y aparece prácticamente en todas las tiendas, pero verlo convertido en una obra de arte de semejante escala es otra cosa.

Lo más loco es que la iglesia, por fuera, no dice mucho. Más parece una capilla que un templo con semejante tesoro. Eso es casi una metáfora de lo que se siente al visitar Polonia. Uno puede llegar sin mucha expectativa, y es justamente por lo que termina sorprendiéndose tanto.

altar de ámbar en Gdansk
Altar de ámbar en Gdansk
osario de Gdansk
Osarioo en la cripta de la Iglesia de Santa Brígida

Sopot

El tren local que conecta Gdansk con Gdynia, el puerto más importante de Polonia, me recuerda al Tren Roca del Gran Buenos Aires antes de la modernización: esos vagones viejos de ventanas opacas de tanto polvo y donde el ruido del traqueteo no te deja ni pensar. Una de las paradas en esta ruta, a menos de 20 minutos de Gdansk, es la localidad de Sopot.

Sopot es el típico balneario del Mar Báltico: una localidad planificada en torno a dos ejes. El primer eje: la calle comercial, siempre peatonal, que concentra la actividad de restaurantes, tiendas, bares y hoteles. El segundo eje: el camino que bordea la costa, separado de la arena por un paseo peatonal parquizado con acceso directo a hoteles, el muelle, ferias, y casas de vacaciones.

Las playas en esta parte del Báltico son extensas, de arena fina, y de poca profundidad. El mar, de hecho, recuerda mucho al de la costa bonaerense en Argentina: amplias playas con médanos sostenidos por arbustos y donde hay que caminar un rato hasta llegar a sumergirse en el agua. Y las aguas son igual de frías, al menos en verano.

Visitar Sopot es una excelente manera de pasar una tarde de verano. Te brinda una sensación de vacaciones que contrasta bastante con la carga histórica de Gdansk. Si tienen un día completo, combinar ambas ciudades me parece un plan perfecto.

playa de sopot polonia
Playa de Sopot

El retorno

El trayecto de regreso a Berlín debía durar unas seis horas. Terminó durando once. El aire acondicionado averiado en lo que sería «el día más caluroso de Polonia desde que se tiene registro». El tren colapsado de gente de todo el mundo viajando en el suelo por esa maldita costumbre europea de vender pasajes sin asiento asignado (y obligándote a pagar extra por reservar un asiento), el termómetro marcando +46°C como temperatura interior y las constantes paradas en medio de la nada por problemas con la locomotora fueron el cierre trágico a lo que, de otro modo, hubiese sido una relajante escapada veraniega.

Viajar en tren por Europa puede ser tanto una experiencia de ensueño como una pesadilla. Últimamente es más la segunda que la primera, y Polonia no fue la excepción. Lo único que se puede hacer, en estos casos, es la mantener la capacidad de resignarse a lo que uno no puede controlar. Dicho eso, mi consejo para cualquier viajero que esté por aventurarse a Alemania o Europa del Este en tren es cargarse tanto de botellas de agua como de paciencia. Por suerte, el compartimento de seis personas incluía a un alemán que algo de polaco entendía y nos ayudó a entender los anuncios por altoparlante.

La locomotora sucumbió al calor y nos dejó varados en Poznan. Lo único rescatable fue el aire acondicionado en el bus que tuvimos que tomar para lograr regresar a Berlín, acompañado de un atardecer donde el cielo parecía de fuego… y definitivamente así se sentía.

ruta de gdansk a berlin

¿Vale la pena visitar Gdansk?

Definitivamente sí. No reemplaza a Cracovia, ni intenta hacerlo. Son dos caras completamente distintas de Polonia. Cracovia conserva el esplendor de una ciudad medieval que sobrevivió. Gdansk cuenta la historia de una ciudad que tuvo que reconstruirse casi desde cero.

Mi próxima aventura en Polonia será Varsovia, la capital que últimamente está en boca de todos en este lado del mundo. Aunque para eso esperaré a otra estación del año, una que sea más empática con los trenes europeos.

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