Desde la ventanilla lo único que se veía era la costa de Sicilia, escarpada, irregular, como si alguien la hubiese cortado a mano. El mar quieto abajo, el sol pegando de lleno. Pero había algo en esa imagen que ya insinuaba lo que venía: Palermo no iba a ser una ciudad tranquila ni silenciosa. Empezaba una corta aventura de una semana en Palermo, explorando el noroeste de Sicilia mientras intentaba buscar el balance entre trabajar remoto y gestionar la emoción y ansiedad de estar en una nueva ciudad.
Llegué a fines de noviembre escapando de un Berlín gris que ya empezaba a pesar. Una semana, improvisada, con mi amiga Luli. La idea era simple en teoría: trabajar remoto en Palermo, abrir la laptop durante el día y salir a explorar durante el almuerzo y al terminar la jornada. Un equilibrio prolijo. Italia nos encanta porque siempre parece prometer eso, y luego nos demuestra lo contrario.
Para sorpresa de nadie, el balance duró poco.

Nos alojamos cerca del Teatro Massimo, en pleno centro. Un departamento lindo, pero con un detalle que terminó siendo central: las ventanas no cerraban del todo bien. O mejor dicho, cerraban, pero no aislaban nada. Palermo se filtraba igual.
Y Palermo es ruido.
No es solo volumen. Es densidad. Motores, bocinas, voces, platos, persianas metálicas, alguien hablando fuerte en la calle como si estuviera adentro de tu living. Todo es conversación, interrupción, movimiento. Lo digo en el mejor de los sentidos. Trabajar remoto en Palermo es posible, pero no es neutro. Te exige cierta disciplina que solo puedo comprar con tener una ventana abierta en tu oficina del microcentro de Buenos Aires un día hábil. Es difícil no sobreestimularse. Salís a comprar algo rápido y volvés media hora después con la cabeza llena de imágenes, olores, gente. Es una ciudad que no te deja pasar desapercibido.

Las primeras horas fueron una mezcla rara. No diría que me chocó, porque ya me habían contado sobre el caos del sur italiano, pero sí me sorprendió el nivel de desorden. Palermo es abrumadora, cautivadora y sobreestimulante, en ese orden o en cualquier otro.
Hay algo “sucio”, si se le puede decir así sin que suene injusto. No en un sentido descuidado, sino más bien crudo. Los mercados callejeros no tienen la estética prolija que habíamos visto meses atrás en Florencia o Bologna. Son más humildes, más directos, más reales. Los vendedores son insistentes, casi invasivos por momentos. Pero al mismo tiempo, todo está vivo. La calle es una extensión de la casa. La gente está afuera: trabajando, comiendo, hablando, jugando, bailando, simplemente estando. Y ahí aparece algo familiar.
El día que caminamos por el Mercato Ballarò fue el momento más claro. Gritos cruzados, humo de parrilla, mesas de madera barata desparramadas sin mucho orden, perros callejeros pasando entre las piernas, todo un poco torcido, «atado con alambre», como diríamos en Argentina. No era particularmente “lindo”. De hecho, por momentos me pareció sobrevalorado.

Pero también pensé: esto es demasiado auténtico y cercano. Esas contradicciones tan interesantes que se dan al viajar a un lugar sin mucha expectativa. Es que a mí, que crecí en las afueras de Buenos Aires, ese tipo de caos no me era ajeno. Las manos al hablar, los gritos que no son enojo sino forma de comunicarse, los intercambios rápidos, casi coreografiados. Incluso gente bailando en medio de la calle sin demasiada explicación. Palermo, en ese sentido, se siente más latinoamericana que europea. Y refuerza ese concepto que tengo desde la primera vez que visité España y desde la primera vez que visité Italia: de España los porteños hemos tomado mucho, pero la forma de ser es verdaderamente italiana (italiana del sur, especialmente).

Todo eso genera algo raro. Me sentí cómodo e incómodo al mismo tiempo. Cómodo porque entendía el código sin esfuerzo. Incómodo porque me di cuenta de cuánto me había desacostumbrado viviendo en Alemania. Hay una nostalgia ahí que es difícil de ignorar, pero también una distancia que no es tan fácil de cerrar.
Entre todo ese caos, hay momentos que parecen no pertenecer del todo a la ciudad. El Teatro Massimo es uno. Imponente, limpio, casi fuera de lugar. No se pierdan de visitarlo por dentro cuando estén en Palermo. Es como si alguien hubiese insertado una pieza de otra ciudad en medio de esta. La Catedral de Palermo también juega en esa liga: enorme, detallada, una pausa dentro del ruido rodeada de un oasis verde que es uno de los parques más bellos y elegantes de la ciudad.


La historia de la ciudad explica parte de este caos arquitectónico y urbano. Es una ciudad ubicada entre tres mundos: un punto en el Mediterráneo, que hace como conexión entre las distintas culturas a las orillas norte, este, y sur del mar. Sinagogas, mezquitas, iglesias cristianas, hasta templos griegos llaman la atención en la ciudad y en la isla. ¡Y ni hablar de cómo se traduce esta mezcla en la comida siciliana!
Palermo no se recorre buscando orden. Se recorre caminando sin demasiada lógica. Todo está cerca. Todo es caminable. No hay que optimizar rutas ni pensar demasiado. La ciudad se deja recorrer más que planificar, y es en la improvisación que uno encuentra sus mejores caras: el mercado que no sabías que existía, el bar rebozado de gente tomando tragos en la vereda mientras escucha música en vivo, los rincones donde tomar el aperitivo al sol alejados del barullo… Aunque tanto Luli como yo deberíamos admitir que caminando por la zona del mercado ya caída la noche también nos recordó a las grandes ciudades latinoamericanas, y no en el buen sentido.

La comida, como siempre en Italia, aparece en el medio de todo.
Las arancine fueron inevitables. arancini de todos los tipos posibles, a cualquier hora, como snack entre cosas, como almuerzo improvisado. Estoy bastante seguro de que volví con el colesterol más alto que cuando llegué. El helado en brioche fue otra historia. brioche con gelato. Una combinación que suena mejor de lo que es, en mi opinión. Demasiado. Una guarrada que hay que probar en Sicilia, no obstante. La berenjena también protagonista de casi todo plato típico: en el risotto, en la pizza, salteadas como entrada y sí, hasta en la arancine.
Comíamos mucho en la calle, aprovechando pausas entre trabajo y trabajo. Nada muy planeado. Lo que aparecía.
Cerramos la semana con una clase de pasta. Uno de esos momentos improvisados que no estaban en ningún plan. Cocinar, comer, reírnos un poco disfrutando de lo simple. Muy sur de Italia. Nada que no puedas encontrar en cualquier checklist de “qué hacer en Palermo Sicilia” (o qué hacer en cualquier sitio turístico del país, en realidad), pero igualmente memorable.




Para el fin de semana necesitábamos un respiro. Ergo, fuimos un día a Cefalù.
El contraste es inmediato. Palermo te empuja. Cefalú te frena. Más relajado, más silencioso, más contenido. Las callecitas, la costa, la ciudad comprimida contra el acantilado, las torres de la iglesia adornando todo. Parece uno de esos pueblos de una película de animación.
Caminamos sin apuro, comimos incluso mejor. Además de las tiendas de artesanías, enotecas y cafecitos, hay senderos que suben por la montaña y te devuelven una vista completa de la ciudad, como si de repente todo tuviera sentido desde arriba. Como el clima no podría haber sido mejor, teníamos vista impoluta hasta las Islas Eolas desde la cima de la montaña.
Cefalú es un balance perfecto para un viaje a Palermo. Fue la frutilla del postre de este viajecito de una semana y se lo recomendaría a cualquiera que fuese a viajar a Sicilia. Se llega fácilmente en tren desde Palermo (y por unos pocos euros).


No volvería a Palermo. No al menos en el corto plazo. Pero sí volvería a Sicilia. Hay algo en la isla que queda pendiente. Palermo funciona como puerta de entrada y, aunque no sea la ciudad más linda de Italia, realmente me hizo querer ver más.
Porque más allá del viaje, lo que me dejó Palermo fue otra cosa.
Italia siempre tiene ese efecto medio incómodo de acercarte a Argentina desde un lugar inesperado. Pero esta vez fue más evidente y directo. Palermo no me mostró algo nuevo, sino algo que ya conocía pero que había dejado de ver. Cómo uno se acostumbra rápido al orden, al silencio, a que las cosas funcionen de cierta manera. Y cómo, en ese proceso, también se aleja de ciertas formas de vivir que antes eran normales.

Hubo un momento de frustración claro. Intentar cruzar la calle. Autos mal estacionados, doble fila, bloqueándose entre ellos, sendas peatonales decorativas. No sabés por dónde pasar. Nadie parece saber. Todo funciona igual. Muy Argentina. Y sin embargo, me hizo sonreir.
Palermo no es una ciudad que recomendaría sin contexto (imprescindible hacer un walking tour para entender mejor el lugar, con todos sus matices). Digamos que no es cómoda. Pero tampoco es indiferente. A mí me obligó a a posicionarme y a decidir qué hacer con y cómo reaccionar a todo eso que refleja.

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