visitar Belgrado en 2 dias

¿Vale la pena visitar Belgrado? Dos días en una ciudad multifacética

El viaje a Belgrado surgió como una de esas escapadas improvisadas, facilitadas por un pasaje barato a un destino con poca demanda. No era, ni de casualidad, una de esas ciudades que me moría por conocer. Sin embargo, en apenas un fin de semana, Belgrado consiguió sorprenderme antes incluso de que llegara al centro. Y no solo porque aquí aún controlan pasaportes a la antigua usanza: estampando tu ingreso al país sin discreción, generando cortos segundos de felicidad y emoción en el visitante que recibe el sello como si de un trofeo se tratase. Me iría de la capital de Serbia deseando regresar.

Salimos del aeropuerto Nikola Tesla y lo primero que vi fue el nombre escrito en cirílico sobre la relativamente pequeña terminal. Puede parecer una estupidez, y probablemente diga bastante sobre mi ignorancia acerca de Serbia antes del viaje, pero me produjo un pequeño cortocircuito. Por algún motivo esperaba encontrar algo más parecido a Rumanía o Hungría. Europa del Este, sí, pero dentro de códigos que me resultaban, de alguna manera, familiares. En cambio aparecieron aquellas letras que hasta ese momento asociaba principalmente con Rusia y Bulgaria y pensé: ah, claro, acá también se escribe así. Era apenas el primer aviso de que había llegado a Serbia con más prejuicios que conocimientos.

La segunda señal llegó en la combi que nos llevó hacia el centro. Pagamos en efectivo, con coloridos billetes con la imagen de Tesla en su denominación de 100 dinares. No recuerdo haber recibido ningún ticket y encontrar un cinturón de seguridad funcional requería cierta imaginación. Por la autopista aparecieron los primeros monoblocks de Nuevo Belgrado, enormes masas de hormigón brutalista que parecían extenderse indefinidamente. Oscuros y apenas distinguibles en la noche, pero con siluetas monumentales que atestiguaban un pasado muy diferente. Pocos minutos después aparecieron rascacielos de vidrio, con luces y hasta animaciones que reflejaban la bandera serbia (que también decoraba cada poste de luz en medio de la autopista). Ahí entendí que el fin de semana iba a ser interesante.

centro de belgrado

Una ciudad que cambia de cara constantemente

Mi primera impresión de Belgrado fue la de una ciudad construida por capas que nunca terminaron de taparse unas a otras. Está la Belgrado histórica alrededor de Kalemegdan, Knez Mihailova y las calles del centro. Está el enorme legado de la Yugoslavia socialista que domina Nuevo Belgrado. Está Zemun, con una arquitectura que por momentos parece pertenecer a otra ciudad centroeuropea. Y ahora existe también una Belgrado nueva de torres de vidrio, centros comerciales y departamentos caros que crece junto al río Sava.

La explicación de esta mezcla está en la historia. Durante siglos, los ríos Sava y Danubio funcionaron también como fronteras entre imperios. Belgrado se ubica justo en la intersección de ambos.

Luego de que los otomanos recuperaran Belgrado en 1739, Zemun quedó del lado austríaco y se desarrolló durante aproximadamente dos siglos bajo dominio de los Habsburgo. Todavía hoy conserva calles estrechas y edificios asociados a ese período austrohúngaro. Fue una ciudad separada de Belgrado hasta 1934.

Después está Nuevo Belgrado. Su construcción comenzó en 1948 sobre terrenos prácticamente vacíos entre la antigua Belgrado y Zemun. Participaron brigadas juveniles llegadas de toda Yugoslavia y el distrito terminó convirtiéndose en uno de los grandes íconos de la planificación urbana socialista. Sus avenidas gigantes, supermanzanas, edificios públicos y bloques residenciales todavía transmiten esa ambición monumental.

Yo no soy particularmente fanático del brutalismo. Aun así, hay edificios frente a los cuales cuesta no detenerse. La Torre Genex es uno de ellos. Vista desde la autopista llegando desde el aeropuerto, parece más una estructura diseñada para una película distópica que un edificio residencial. Esa escala gigantesca no era casual: Belgrado debía representar a la capital de una federación que buscaba presentarse como moderna, industrial y capaz de encontrar su propio camino entre Oriente y Occidente.

Éramos pocos y apareció Belgrade Waterfront. Torres nuevas, paseos impecables junto al río, restaurantes, departamentos de lujo y un centro comercial gigantesco. El proyecto comenzó formalmente mediante una inversión conjunta con una desarrolladora de Abu Dhabi, y desde sus orígenes fue presentado como una transformación multimillonaria de la ribera del Sava.

Un taxista resumió todo mucho mejor que cualquier folleto turístico: “Little Dubai”.

A mí me recordó inmediatamente a Puerto Madero, en mi Buenos Aires querido. No tanto por la arquitectura, mas por esa sensación de haber concentrado muchísimo dinero en pocos kilómetros de una ciudad donde, a unas cuadras de distancia, las veredas pueden estar rotas y algunos balcones parecen sostenerse gracias a una combinación de física, optimismo y buena suerte.

Ese contraste es Belgrado.

Una ciudad que funciona con cierta lógica latinoamericana

Había llegado esperando algo parecido a Bucarest. La comparación sirve, pero solo hasta cierto punto.

Ambas ciudades tienen edificios inconfundiblemente socialistas, muchos deteriorados, cableado caótico, y zonas donde la infraestructura necesita inversión urgentemente. Hay una cierta improvisación que, viniendo de Argentina, resulta familiar: frente al Museo de Yugoslavia, por ejemplo, miraba unos bloques residenciales que tranquilamente podrían estar en algún rincón de Dock Sud o Ciudad Evita.

También están las veredas rotas, los edificios descascarados y esa sensación tan latinoamericana de que las reglas probablemente existan, aunque siempre haya margen para negociarlas.

Ya había sentido algo parecido en Rumanía. La diferencia es que en Belgrado percibí algo que me costó encontrar en Bucarest: ambición.

En mi última visita a la capital rumana sentí una ciudad demasiado pendiente de aquello que había sido. Belgrado también carga un pasado enorme y complicado, pero el discurso que encontré parecía girar mucho más alrededor de lo que quiere ser.

Las grúas ayudan. Gran parte de la ciudad es una obra en construcción. También la gente joven, los espacios culturales, los bares instalados en antiguos depósitos y estacionamientos, y la preparación para recibir la Expo mundial de 2027, que tendrá lugar entre mayo y agosto y con la que Serbia espera recibir millones de visitantes.

Belgrado parece repetir constantemente: mirá lo que fuimos, mirá lo que nos pasó y ahora mirá lo que queremos hacer. Muchos influencers de viaje la están vendiendo como «the place to be», pero al poco rato caminando sus calles entiende uno que acá hay mucho más que un destino ideal para una escapada de bajo presupuesto.

Plaza de la Republica Belgrado
Plaza de la República

Dos alfabetos para un país difícil de encasillar

El serbio aparece escrito tanto con alfabeto cirílico como latino. La Constitución de Serbia establece el serbio y el cirílico como lengua y escritura oficiales, pero en la vida cotidiana ambos alfabetos conviven hasta el punto de que el serbio es estudiado como un caso particular de digrafía, es decir, una misma lengua estándar utilizada regularmente con dos sistemas de escritura. En ningún otro país de los Balcanes es esto tan común como en Serbia.

Para alguien que llega sin saber prácticamente nada, esa convivencia visual ya dice bastante sobre la posición cultural del país: Serbia parece estar permanentemente parada en algún punto intermedio.

Lo mismo ocurre políticamente. Es un país candidato a ingresar a la Unión Europea, mientras mantiene relaciones estrechas con Rusia y China, además de una más que complicada historia con la OTAN. Durante mi visita era imposible no notar símbolos nacionales, banderas serbias y también bastante presencia publicitaria rusa (por poner un ejemplo: la publicidad de Gazprom en todos lados, como una publicidad de Netflix en cualquier capital occidental).

El nacionalismo serbio se hace notar en cada plaza, monumento, y museo. Debo admitir que tras varios años viviendo en Alemania, tanta exhibición de orgullo nacional resulta llamativa. En Alemania, el nacionalismo provoca comprensiblemente una reacción casi automática de sospecha. En Serbia está mucho más presente en el espacio público.

No pretendo decidir después de un fin de semana cuánto de eso es sano o problemático. Pero sí me hizo recordar que la relación de una sociedad con su identidad nacional depende muchísimo de su propia historia. Argentina también tiene una forma muy intensa, a veces incluso absurda, de pensarse a sí misma. Quizás por eso algunos códigos no me resultaron completamente extraños. Quizá por eso, a muchos latinos, los Balcanes nos despiertan una familiaridad inesperada. Ya escribí sobre esto tras mi primera visita a Rumanía.

El Museo de Yugoslavia y una historia que nunca me habían contado

Si tuviera que recomendar una sola visita para entender mejor Belgrado, probablemente elegiría el Museo de Yugoslavia. Es relativamente pequeño y sencillo, ubicado en una zona residencial algo alejada del centro y se llega fácilmente en transporte público. Pero después de visitarlo empecé a mirar la ciudad de otra manera.

Gran parte del recorrido gira inevitablemente alrededor de Josip Broz Tito. Yugoslavia desarrolló bajo su liderazgo un modelo socialista diferente al soviético y tuvo un papel fundamental en la creación del Movimiento de Países No Alineados.

Yugoslavia tampoco fue simplemente “otro país comunista detrás de la Cortina de Hierro”. Su economía fue considerablemente más abierta a mecanismos de mercado que la soviética y durante décadas experimentó importantes tasas de crecimiento, aunque también acumuló desigualdades regionales, deuda y problemas estructurales que se hicieron especialmente graves durante los años ochenta. De ahí el denominado «comunismo Coca-Cola», término usado para definir la política económica yugoslava.

Ahí empecé a entender mejor por qué existe todavía una cierta nostalgia yugoslava, algo de lo que los guías locales hablan siempre. También entendí que la explicación que yo llevaba conmigo sobre su desaparición como Estado era demasiado simple: No fue simplemente que los distintos pueblos que conformaban el país “no podían convivir”. La crisis económica, el debilitamiento del poder federal después de Tito, las tensiones entre repúblicas, los distintos nacionalismos y la acción de dirigentes políticos que los movilizaron fueron parte de un proceso muchísimo más complejo que terminó de manera brutal. Como argentino, casi nada de esto formó parte de mi educación. Europa del Este en general es una gran incógnita para quienes nos criamos fuera del continente. Yugoslavia, específicamente, un vacío de conocimiento incluso para muchos europeos.

Mausoleo de Tito
Mausoleo de Tito en el Museo Yugoslavia

Los edificios bombardeados y la Europa olvidada

Caminando por el centro de Belgrado aparecen todavía edificios dañados durante los bombardeos de la OTAN de 1999. El antiguo complejo del Estado Mayor yugoslavo es el ejemplo más evidente e impresionante.

La operación Allied Force comenzó el 24 de marzo de 1999 y duró 78 días, en el contexto de la guerra de Kosovo. Su objetivo era degradar la capacidad militar yugoslava y aumentar el costo para el gobierno de continuar la guerra en Kosovo. Los edificios del antiguo ejército yugoslavo en Belgrado estuvieron entre los objetivos alcanzados.

Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022 escuché muchas veces que la guerra había vuelto a Europa tras 77 años. Sin embargo, la historia de la guerra en Yugoslavia es tan reciente como la cuarta temporada de Friends. Los contextos y las guerras son diferentes, pero el edificio del Estado Mayor seguía ahí para recordarme algo más incómodo: quizás algunas partes de Europa forman parte de nuestra memoria colectiva mucho más que otras.

La OTAN afirma que fue una intervención necesaria para detener la limpieza étnica y una creciente catástrofe humanitaria. Pero no hubo una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que autorizara expresamente el uso de la fuerza. Por eso la legalidad de la intervención fue y continúa siendo discutida. Además, aunque la OTAN sostuvo que intentaba minimizar las bajas civiles, hubo víctimas y ataques muy polémicos. Human Rights Watch documentó cientos de civiles yugoslavos muertos por los bombardeos y consideró ilegítimos algunos de los blancos escogidos.

Esto explica mucho mejor por qué la memoria de 1999 pesa tanto en Serbia. Desde una perspectiva occidental, el relato suele ser: «el gobierno estaba desarrollando una campaña brutal en Kosovo y la OTAN intervino para detenerla». Desde una perspectiva serbia: «una alianza militar encabezada por EEUU bombardeó Serbia, matando también a civiles». Ambas cosas forman parte del contexto histórico. Entender la segunda no requiere justificar lo que las fuerzas serbias hicieron en Kosovo.

Edificios bombardeados de Belgrado
Ruinas tras el bombardeo de Belgrado

La Europa que queda fuera de nuestra postal

Los que crecimos fuera del continente solemos aprender una versión bastante reducida de Europa, generalmente limitada a los grandes imperios de la antigüedad o las elegantes capitales occidentales. Cuando decimos “Europa” rara vez aparecen Belgrado, Skopje, Sofía o Sarajevo.

Después de vivir varios años en Alemania empecé a notar también cierta condescendencia con la que partes de Europa occidental miran hacia el Este. Probablemente ni siquiera sea consciente. Se habla de corrupción, infraestructura, instituciones débiles o salarios bajos, diferencias medibles que evidentemente existen.

Pero desarrollo económico y superioridad social son conceptos muy diferentes. El problema aparece cuando ambos comienzan a confundirse. Visitar Belgrado no me convirtió en especialista en Serbia, ni me permite hablar por quienes viven ahí. Pero sí me recordó algo bastante básico que viajar debería recordarnos con mayor frecuencia: hay que salir de nuestro propio país para descubrir cuánto de lo que consideramos normal depende simplemente del lugar donde crecimos.

Europa nunca fue homogénea. Quizás su verdadera fortaleza esté precisamente en aprender a convivir con esa heterogeneidad.

La noche de Belgrado y un poco del Berlín que ya no existe

La fiesta es una de las caras más atractivas de la ciudad. También parte de la razón por la cual Belgrado está viendo un auge en la cantidad de turistas que la visitan año tras año.

Skadarlija y el centro están llenos de bares y restaurantes, pero lo que más me llamó la atención fueron algunos espacios alternativos instalados en edificios industriales, antiguos estacionamientos y terrenos recuperados.

Durante un walking tour apareció inevitablemente la comparación con Berlín durante los años noventa. Tiene sentido. Después de la caída del Muro, numerosos edificios y fábricas abandonadas de Berlín Oriental fueron ocupados por artistas, clubes y proyectos alternativos. Parte de la identidad nocturna que todavía vende Berlín nació precisamente de esos espacios improvisados, sobre las ruinas de un Estado que fracasó.

No sé si Belgrado será realmente “el Berlín de los noventa”, como algunos promotores turísticos buscan posicionar. Pero se entiende la comparación. Hay espacios relajados, creativos y poco pulidos donde pareciera que alguien vio un depósito vacío y pensó: bueno, acá ponemos un bar.

Definitivamente funciona. Buscando un poco, hasta se encuentran espacios atractivos y perfilados a minorías como la comunidad LGBTQ+, que en Serbia no goza de los mismos derechos que en la mayoría de países europeos.

¿Alcanzan dos días para visitar Belgrado?

Para una primera visita, sí. Nosotros nos alojamos en el centro, a pocos pasos de Skadarlija, y prácticamente todo el casco antiguo se puede recorrer caminando. La zona es segura y logísticamente ideal.

Paseamos por los alrededores de la Plaza de la República (el centro neurálgico de la ciudad vieja) y Knez Mihailova antes de llegar al parque Kalemegdan y la Fortaleza de Belgrado. Ahí están también el Monumento de Gratitud a Francia, la pequeña iglesia Ružica y el famoso Victor dominando la confluencia del Sava y el Danubio. Recomiendo recorrer toda la zona con un guía para entender la relación de Serbia con Francia, los detalles de la iglesia (famosa por sus ornamentos creados íntegramente con municiones de guerra), y los orígenes de la ciudad.

Hacia el otro lado del centro aparecen edificios dignos de postales, como el Hotel Moskva, el Parlamento, el Palacio Nuevo (hoy ayuntamiento de Belgrado), la iglesia de San Marcos y, más al sur, el monumental Templo de San Sava.

También vale la pena reservar tiempo para el Museo Nikola Tesla y, para mí de manera obligatoria, el Museo de Yugoslavia.

Nos quedó pendiente dedicar más tiempo a Zemun y su casco antiguo junto al Danubio. Con un tercer día probablemente empezaría por ahí.

Moverse fue sorprendentemente sencillo. Desde el 1 de enero de 2025 el transporte público urbano de Belgrado es gratuito. Nosotros combinamos buses, tranvías y trolebuses, algunos modernos y con un bendito aire acondicionado que en junio agradecí profundamente, y otros que parecían haber sobrevivido personalmente a varias etapas de la historia yugoslava.

iglesia Ružica Belgrado
Iglesia ortodoxa Ružica

¿Es caro viajar a Belgrado?

Viajando desde Alemania, los precios nos parecieron bastante accesibles.

Comimos burek en una panadería local (Trpkovic, marcada en mi mapa y recomendada por locales), probamos pimientos rellenos, carnes y comida tradicional sin mirar mucho los precios. La comida callejera se consigue por menos de EUR 2, y una cena normal en un restaurante céntrico puede costar entre EUR 13 y EUR 20 por persona, con bebida y propinas.

También me pareció una ciudad segura para recorrer a pie, incluso de noche, aunque naturalmente aplican las mismas precauciones normales que tendría en cualquier otra capital.

Belgrado puede estar sorprendentemente limpia y al mismo tiempo tener una vereda destruida. Puede tener transporte gratuito y un trolebús que parece estar a punto de desintegrarse. Puede tener una torre nueva de lujo junto al río y un edificio descascarado a pocas calles. Justamente ahí está parte de su atractivo.

street food belgrado
Pimientos rellenos

Entonces, ¿vale la pena visitar Belgrado?

Sí, pero no se la recomendaría a cualquiera. Si buscás la elegancia de Viena, el orden de Copenhague, la monumentalidad histórica de Roma o el bombardeo constante de estímulos de Londres, París o Berlín, probablemente haya destinos mejores.

Belgrado requiere cierta curiosidad. Hay que mirar edificios que a primera vista parecen simplemente feos y preguntarse por qué están ahí. Hay que leer sobre Yugoslavia. Hay que cruzar el Sava y caminar entre bloques de hormigón. Hay que mirar el nuevo Waterfront y preguntarse hacia dónde pretende ir la ciudad.

Belgrado te muestra el hormigón, las iglesias, las banderas, las cicatrices, los bares, las grúas y las torres nuevas prácticamente al mismo tiempo. Te despide habiendo despertado curiosidad por Serbia y por una región europea de la que poco se habla.

Aquí te dejo mi mapa con los sitios destacados que visitar en Belgrado en un fin de semana.

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