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Dos días en Skopje: la capital que intenta demasiado

Llegué a Skopje desde Sofía en un bus que no era un bus: era más bien una van improvisada, de esas que en Argentina reconoceríamos de inmediato. Salimos de una terminal que parecía sacada de cualquier ciudad latinoamericana carteles coloridos, oficinas diminutas por empresa, cierto desorden funcional y perros callejeros por doquier). Durante cinco horas atravesamos montañas mientras el chofer nos daba explicaciones en macedonio o búlgaro. Una pareja local traducía como podía al inglés roto: qué hacer en la frontera, cuándo bajar, cuándo volver a subir. Para seguir con las similitudes entre Latinoamérica y Europa del Este, el viaje incluyó una parada aleatoria en un kiosko junto a la ruta (también custodiado por perros locales) para comprar agua, snacks, y usar baños.

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Paisaje balcánico en camino de Sofia a Skopje

Al llegar a Skopje, la sensación fue risa nerviosa. Tráfico detenido, bocinazos, infraestructura claramente por debajo de lo que veníamos viendo en Europa (incluso comparada con Bulgaria o Rumanía) y una terminal de buses que te cae encima: taxis gritándote destinos, gente queriendo cambiarte dinero, todo ruidoso, todo apremiante. Ahí entendí algo simple: ya no estábamos en la Unión Europea, y eso se notaba. Era caótico, sí, pero también emocionante. La mayor parte del mundo funciona así: desordenada. Pero aun así funciona… con otras reglas, pero funciona.

Camino al hotel, cerca del bazar, apareció el primer golpe visual. Y con él, la pregunta que define a Skopje: ¿qué es esto?

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Skopje nos sorprendió con picos nevados en octubre

Lo bizarro: estatuas, exceso y desconcierto

Skopje está llena de estatuas. Es lo primero que llama la atención al aventurarse hacia el centro. No muchas. Demasiadas. Estatuas por todos lados, al punto de que nadie sabe exactamente cuántas hay. Te sentís observado. Pero cuando te acercás, algo no cierra: la mayoría no tiene nombre. Son figuras genéricas: un hombre a caballo, una bailarina frente a un teatro, guerreros anónimos, ángeles, animales. Y, de pronto, versiones cruzadas: que una estatua sería Mark Twain a caballo (???), que otra es el padre de Alejandro Magno (¿por qué?), que aquella representa “algo” pero nadie sabe bien qué. Intentás buscar sentido y no lo encontrás. Porque no lo hay. Mi favorita, quizá, sea la de un congreso de hombres tomando decisiones, emplazado en el Parque de las Mujeres. Ni a Alanis Morisette se le hubiese ocurrido esa para la letra de su canción Ironic.

Este delirio urbano tiene nombre: Skopje 2014. Un proyecto pensado para reconstruir la ciudad, reforzar una identidad nacional y atraer turismo. La intención era buena, claro. La ejecución, contraproducente. Por presupuesto, por apuro, por consenso inexistente, y por limitaciones presupuestarias (y la infaltable mención a la palabra «corrupción» en boca de los locares) todo luce barato. Columnas que imitan piedra pero son madera, balcones junto al río que ya se descascaran, fragmentos faltantes en techos y escaleras, humedad que avanza. Lo que quería parecer romano o griego termina viéndose falso.

La sensación es la de un parque temático. Un Epcot balcánico pero sin amor. Las Vegas sin dinero. Un poco ridículo, casi trágico. Pero, al mismo tiempo, fascinante. Porque no podés creer lo que estás viendo.

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Entender Skopje: por qué es como es

Antes de ir, no sabía casi nada de la historia de Macedonia del Norte. Fui “en blanco”. Skopje apareció como una oportunidad: está cerca de Sofía, el vuelo de regreso era más barato desde ahí y, seamos honestos, no es un país al que uno tenga en mente como destino específico.

Para entender la ciudad hay que sumar capas:

  1. La primera es el terremoto de 1963, que destruyó gran parte de Skopje y obligó a reconstruirla casi desde cero. Fue cuando los macedonios perdieron casi el 100% de sus monumentos, museos, obras de arte, y edificios históricos.
  2. La segunda es Yugoslavia, visible en edificios, monumentos y en cierta escala urbana. El país fue parte de Yugoslavia hasta su independencia y fue, durante este período, una de las regiones más descuidadas por el gobierno yugoslavo.
  3. La tercera es la independencia y el largo conflicto con Grecia por el nombre. Dado que la región de Macedonia es un espacio comprendido entre el norte de Grecia, el sur de Bulgaria, y el territorio de Macedonia del Norte, Grecia bloqueó el uso de «Macedonia» como nombre del país. Fue así que inicialmente se bautizó Ex República Yugoslava de Macedonia y, eventualmente, Macedonia del Norte. Hay también un gran conflicto político por el uso de símbolos macedonios entre ambos países. Dicho brevemente: a los macedonios no se les permitía simplemente ser macedonios sin entrar en conflicto con Grecia, y eso generó una gran necesidad de afirmar su identidad desesperadamente.

El problema es que Skopje (y Macedonia del Norte) siempre fue una fusión de pueblos y culturas. Cristianos ortodoxos, musulmanes, judíos; herencias griegas, balcánicas y otomanas. Es una de las ciudades más antiguas de Europa y, justamente por eso, nunca fue una cosa sola, en ningún momento a lo largo de sus miles de años de historia. Intentar fijarla en mármol fue, quizás, el error.

Que ver en Skopje en un día (y qué entender de cada lugar)

Skopje se ve cómodamente en un día. Dos, si te quedás a observar.

La Plaza Macedonia es el epicentro del exceso. La gigantesca estatua de Alejandro Magno (que oficialmente no se llama así por el conflicto con Grecia) domina todo. Es grande. No encaja. Es la imagen perfecta de una ciudad que quiere impresionar. Los alrededores de la plaza son un menjunge ecléctico de edificios soviéticos, galerías comerciales que han visto mejores tiempos, bares de todo tipo, un par de museos, edificios que son sede del gobierno nacional, y el museo dedicado a la ciudadana ilustre más importante de Skopje: la Madre Teresa. Su casa original se perdió en el terremoto, pero hay un museo que recrea su historia. No cambia el viaje, pero suma una capa más a esta ciudad imposible de encasillar.

El Puente de Piedra conecta ese delirio con la parte más auténtica: el Antiguo Bazar de Skopje. Ahí la ciudad respira. Calles angostas, comercios pequeños, mezquitas, cafés, comida barata y sabrosa. Se siente Turquía. Se siente real. Es, sin dudas, la parte que más me gustó. Abundan los típicos edificios de bazares, con influencia otomana, algunos convertidos en hoteles, otros en patios públicos, y otros que aún mantienen su uso original.

Sobre el bazar se levanta la fortaleza (Kale), y desde ahí se entiende el contraste: de un lado, la Skopje escenográfica; del otro, la Skopje vivida. Ambas separadas por un río no navegable donde, por alguna razón, emplazaron un barco pirata cuya proa está decorada por una enorme sirena dorada.

Junto al río y cercano al Puente de Piedra, el Museo del Holocausto y el Museo de la Independencia son dos buenas opciones para entender un poco mejor el trasfondo histórico y todo lo sucedido en Skopje durante el último siglo.

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Puente de Piedra y Plaza Macedonia
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Bazar de Skopje

En Skopje conviven ortodoxos, católicos, musulmanes, y judíos. A diferencia de lo que había visto en Sofia días atrás, en Skopje los sectores que estos grupos habitan están más definidos. La zona del bazar, con sus callecitas de piedra empinadas y tiendas de todo tipo, concentra la mayoría de mezquitas de la ciudad. Los minaretes iluminados por la noche y el llamado a oración cinco veces al día enfatizan la presencia de la religión musulmana por sobre las otras de este lado de la ciudad. Al otro lado del río se da el efecto opuesto, demostrando la prevalencia del cristianismo ortodoxo.

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Mezquita Mustafa Pasha 

Skopje versus Bucarest y Sofía

Compararla con Bucarest y Sofía ayuda a entenderla, y me alegró haber venido a Skopje tras haber recorrido las capitales rumana y búlgara. Bucarest es gris, dura, honesta. No intenta gustarte. Y por eso, cuando la recorrés, la entendés. Sofía tampoco intenta gustarte, pero es linda, tímida, equilibrada. Y por eso termina gustando.

Skopje, en cambio, intenta demasiado. Quiere que la mires, que la admires, que la elijas. Y ese esfuerzo constante se vuelve contraproducente. Es como si se notase la impostura. Sin embargo, aun así, funciona un poco. Porque nosotros estábamos ahí. Mirando. Preguntándonos. Caminando.

Qué comer en Skopje: Balcanes clásicos y hospitalidad real

La comida es la típica de los Balcanes: mucha carne, mucho queso, ensaladas que recuerdan a las búlgaras y griegas. Nos hablaron mucho de la “ensalada macedonia”, que es, básicamente, una mezcla abundante y fresca cuyo contenido varía según su cocinero. Se come bien y se come barato: menos de 20 euros por persona en buenos restaurantes.

La gente es amable y hospitalaria. Se nota la vocación por que te guste el país, y es lo que le añade cierto encanto a esta ciudad que, de otra manera, sería memorable solamente por las razones más bizarras.

La zona del bazar es ideal para comer al paso, abundante y rápido, sin lujos ni comodidades. Cuando visiten Skopje, tengan en cuenta que muchos locales de la calle no aceptan tarjetas de débito o crédito. Procuren tener efectivo disponible. La divisa de Macedonia del Norte es el denar macedonio (MKD), una moneda estable pese a tratarse de una economía débil. El valor del euro se ha mantenido constante rondando los MKD 61 durante años.

Una buena recomendación, donde cenamos para despedirnos de Macedonia del Norte, es el restaurante Old House, cerca del centro. Hay amplia variedad de platos tradicionales, además de distintos tipos de rakia, su bebida nacional.

¿Vale la pena visitar Skopje?

Sí, pero Skopje no para todo el mundo.

La recomendaría a quien esté en Sofía o en el norte de Grecia y quiera conocer un lugar realmente raro, accesible, con buena comida y una historia compleja. A quien tenga curiosidad por la ex Yugoslavia y por esa otra Europa que no suele mostrarse.

No la recomendaría a quien busque grandes museos, capitales elegantes o una oferta cultural inmensa. Skopje es pequeña. Su atractivo no está en la belleza, sino en la rareza, en la historia y en la naturaleza de los alrededores (que, por mal clima, no pudimos explorar).

Skopje me dejó preguntas. Me hizo reír. También me incomodó. Me recordó a veces al conurbano bonaerense (luces de colores, derroche en lo visible mientras lo básico se cae a pedazos) y me hizo pensar en qué sentirán los locales al ver todo eso. Por las pocas interacciones que tuvimos con ellos durante estos dos días en Skopje, pareciera que las opiniones son divididas aunque levemente desviadas hacia la vergüenza ajena.

Me fui pensando… ¿Qué va a pasar con Skopje? ¿Funcionará este intento de atraer turismo? ¿Qué pasaría ante otro terremoto, cuando muchas de estas construcciones ya muestran desgaste?

No es un lugar al que volvería. Pero no me arrepiento de haber ido. Porque Skopje me mostró una cara de Europa que rara vez se ve, pero que hay que reconocer.

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